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Mamá
tenía un don especial para las plantas y para los animales y, aunque
sea difícil
de creer, yo fui testigo de como logró
criar a un gorrión recién nacido que había caído de
su nido en el jardín de casa.
Lo
acomodó dentro de una caja de zapatos, que forró con algodones, y le
daba de comer en el pico el alpiste de sus canarios. La
avecilla se
reanimó primero y luego creció entre su
improvisado nido y el regazo de mamá.
Después
se animó a pararse en su hombro y en su cabeza. Aprendió a volar.
Primero
lo hacía dentro del dormitorio y luego
inició sus viajes al mundo exterior, pero siempre
regresando a dormir en su caja de zapatos,
que en la tapa tenía un hueco para ingresar
y salir.
Mamá
le hacía un ruidito especial con sus labios, irrepetible por mí, y la
avecilla
le respondía con un gorgeo, parecía una
conversación que el gorrioncillo entendía. Un
día no volvió más. Es probable
que encontrara pareja y formara su propio nido. Pienso que le debe
haber sido difícil encontrar una caja de zapatos con fondo de algodones,
como aquella que fue el único nido que
conoció y en el que creció, pero más difícil le
debe haber sido convencer a su gorriona,
en el improbable caso de haber logrado su
cometido, de que ese era el tipo de nido
usado por los de su especie para empollar...
¡Qué
lío!
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