|
| |
Nosotros estábamos abriendo nuestros ojitos por primera
vez a la luz de la vida, acurrucaditos con nuestra mamá-gata, cuando ese
día, que recordamos como primero de nuestro gran cambio, nos arrancaron
violentamente de su calor, de su ronroneo y dulces cuidados, nos metieron en
una enorme caja, que encendió su motor y picando cauchos salimos a la vía.
Demás está decirles que nos pusimos a gritar a todo lo que daban nuestros
pulmones, mi hermano estaba asustadísimo y porque negarlo, yo también, pero
me hacía el valiente para no asustarlo más a él. Todo estaba oscuro, frío
y unas garras grandes nos aprisionaban sin ninguna consideración, ni mucho
menos afecto.¿ Qué pasaba? ¿Dónde estaba nuestra mamá-gata tan dulce y que
tanto nos cuidaba y mimaba? Durante un rato estuvimos forcejeando y gritando;
bueno por lo menos estábamos juntos los dos, y por los momentos hicimos, con
la inocencia de la infancia y como pequeñines al fin, una competencia de
gritos a ver cual de los dos lo hacía más fuerte; así aprovechamos a pesar
del susto para jugar, resultando que mi hermano ganó pues él siempre ha sido
más escandaloso que yo. Entre grito y grito, de pronto nos dimos cuenta que
la gran caja se detuvo, las garras grandes, que luego supimos se llamaban
manos, nos aprisionaron más fuerte, nos levantaron y no sabemos como,
caímos en una oscuridad blanda, húmeda y fría. Ni les digo los gritos que
empezamos a dar; aquí la competencia quedó en empate, ya que por el terror
que teníamos no sabíamos quien gritaba más fuerte, además no podíamos
casi caminar pues nuestras paticas de bebé, todavía no estaban
suficientemente fuertes para sostenernos.
Perdidos (sigue).......
|