No creo
que Caruso sea el nombre adecuado para un perro; más así se llama el
personaje o mejor dicho el animalaje de mi historia.
No era un
perro hermoso físicamente; mas bien era un perro callejero, pulgoso y
hasta un poco feo.
Recuerdo
su cara larga y triste, con unos pocos dientes en su vieja boca.
Su poco
pelaje amarillo y negro, simulaba a un tigrillo en extinción.
Siempre
me llamaron la atención, esos grandes ojos profundos color miel, como si
quisieran decirme algo.
Rafael
Pacheco, el borrachito más famoso del pueblo; lo recogió en la calle una
noche de frío invierno y lo llevó a su descuidado rancho; y jamás se
separó de él.
Parecía
que se había establecido entre hombre y perro un vínculo de eterna
amistad y gratitud con la promesa: " Hasta que la muerte nos separe".
Aquel
noble perro, acompañaba a Rafael cada paso que daba, era su perro
guardián..
Era su
perro amigo y fiel, con quien compartía la pobreza y la abundancia.
"Rafa",
como le llamaban cariñosamente sus amigos de parranda; era un hombre "
pobre, pero trabajador", según se describía él; pero a veces tomaba
sus largas vacaciones alegando filosóficamente : " Que el trabajo era su
peor enemigo y que Dios lo dejó como castigo".
Permanecía semanas completas, en la acera de aquella famosa cantina
del pueblo, ingiriendo licor sin parar; " Fondeado en su vicio", en
aquellas interminables " Zumbas", que concluían con aquel " Delirius
Tremens", visitando frecuentemente el Hospital, al final de esas
merecidas vacaciones.
Mientras
tanto, Caruso permanecía a su lado, sin pronunciar palabra, sin jamás
renegar; lo cuidaba de cualquier atrevido que quisiera acercársele; no
dormía aquel perro, no comía; estaba ahí no importando el frío, o el
hambre, sin reclamar nada a cambio.
Al
regresar el hombre a sus labores diarias, el perro estaba ahí, junto a
él, moviendo alegremente su cola; dispuesto a acompañarle donde fuera,
a cortar café, algodón, caña de azúcar, oficios en que era experto
Rafael.
Dicen que
jamás hubo un gesto de reclamo, de desprecio, de protesta, de parte de
aquel perro.
Lamía las
heridas de su amo con compasión, mientras esperaba muchas veces la hora
de aquella lejana comida, que no parecía llegar.
Cierto
día Rafael enfermó, aquel animalito lo cuidó, permaneció fiel a su lado;
si salía a la calle era para sus necesidades fisiológicas o para cazar
conejos, aves, liebres, tacuazines, los cuales llevaba a las vecinas,
cargándolos en su hocico, para que los cocinaran para su amo, tratando
de explicar la situación, con ladridos desesperados.
Cuando
Rafael se levantaba, también Caruso parecía feliz, visitaba al
vecindario, moviendo su cola alegremente y abriendo su hocico, casi
sonreía , mostrando su húmeda lengua, como gesto de agradecimiento.
Un
trágico día de tantos, Rafael en sus grandes tomatas y crudas, bebió
aquel alcohol etílico, que lo llevó hasta el Hospital.
Caruso
aquel perro viejo, recorrió cientos de kilómetros, tras la ambulancia
que conducía a Rafael.
Llegó
cansado con la lengua de fuera, las pezuñas en el suelo y la cola entre
las patas.
Esperó
cerca del Nosocomio, día y noche mientras Rafa se recuperaba.
Pero
Rafael agonizaba desesperadamente.!
Caruso
arañaba las paredes frías, tratando de alcanzar la ventana del cuarto
que era testigo del sufrimiento de su amo.
Más una
noche fría y oscura, sin luna, la muerte rondaba el lugar.
Caruso
empezó a aullar desesperadamente.
Rafael no
ganó la batalla, su hígado y su estómago no resistieron la cruel
intoxicación.
La
procesión fúnebre recorrió las empedradas calles del pueblo de Rafael.
Aunque
usted amigo lector no lo crea, ahí iba Caruso entre la multitud.
Los
sentimientos parecían aflorar en su triste mirada de animal.
Aquel
noble perro, había enflaquecido tanto, tanto, que sus patas se
cruzaban débilmente, su piel se pegaba a sus huesos, dándole un aspecto
esquelético lamentable.
Llegó el
cortejo fúnebre, hasta el descuidado cementerio local.
La lluvia
empezó a caer, eran las tres de la tarde.
Los
sepultureros apurados introdujeron el sencillo ataúd de madera en la
fosa de seis pies de profundidad.
La tierra
húmeda y piedras cayó precipitadamente sobre el cajón, haciendo un ruido
ensordecedor.
La
tormenta continuó.
Las
viejas rezadoras dejaron a la mitad sus cantos y plegarias, y
abrazándose se despidieron.
Cada
quien corrió a su refugio.
Los
sepultureros, profesionales del mismo ramo que Rafa, corrieron
rápidamente a su segunda casa: "La cantina" , a consolar su pena, su
sentimiento de pérdida, no olvidándose de aconsejarse que no volverían a
tomar alcohol.
Todos se
fueron.
Solo
quedó ahí Caruso, acompañando a su amo; con los ojos húmedos y
tristes, echado sobre la tumba.
No
importaba la lluvia, la soledad, la oscuridad de la noche!.
Se le oyó
aullar de dolor toda esa noche y las noches que siguieron.
Un día lo
encontraron sin vida, semienterrado en el mismo lugar donde yacía su
amo.
No se
separó de aquel lugar.
El
encargado del Cementerio lo sepultó en la misma fosa de Rafael.
! He aquí
señores lectores una historia real de uno de esos amores perros que se
dan en la vida!.